España: relevo en la Corona

 

 

PUERTA DEL SOL

Por Raúl Pérez López-Portillo

Día histórico en España: 2 de junio de 2014. Ese día, el rey Juan Carlos I, anunció su intención de abdicar al trono de España. Cuatro escasas líneas en donde no aparece el nombre de su hijo. Se la dirige al jefe del gobierno, Mariano Rajoy. No abdica ante nadie, porque nadie lo nombró (Franco, en todo caso, al imponer la monarquía, en lugar de la República, a la que derrocó). Por lo menos, nadie le votó. La Corona es la herencia de la dictadura franquista. Solo dice que abdica. Sin más.

¿Es suficiente para que su hijo Felipe, asuma el poder real? Si. Está en la tradición de sangre. Y en la Constitución. La Corona de España “es hereditaria en los sucesores de su majestad Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”.

El artículo 57.5 de la Carta Magna dice que “las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverá por una ley orgánica”. Este punto ya se echó a andar. La maquinaria institucional comenzó a trabajar de forma urgente para que su hijo, Felipe, sea reconocido por las dos Cámaras como rey de España con el título de Felipe VI.

La calle, sin embargo, clama por otra vía: la del referéndum para elegir la forma de Estado. Se reclama, con otras palabras, la república. Sin embargo, además del entusiasmo de algunos miles de manifestantes por ese modelo, cuando los republicanos se han presentado a las elecciones, no hay obtenido ningún resultado palpable. Han sido fuerzas residuales. Es posible que ahora tuvieran más apoyo popular pero…

El aparato institucional no lo permitirá.

El caso es que la abdicación ha sido un terremoto político. El rey se va porque hay nuevas generaciones muy preparadas (su hijo, entre ellos) para que saquen a España del atolladero en el que se encuentra. Esa es la idea del rey. La situación que esa renuncia plantea ahora es inédita. Así que habrá que cambiar muchas cosas, entre ellas, la necesaria reforma constitucional.

La tradición afirma que muerto el rey, viva el rey. O sea, los reyes acaban por dimitir cuando se acaba el último aliento de vida. Sin embargo, en España habrá un “ex rey” (inédito) sin que nadie sepa qué tratamiento tendrá. Ni dónde tendrá su residencia  o si mantendrá la inmunidad que le otorga la Constitución. (Inédito como la existencia de un papa que gobierna la Iglesia católica y otro “emérito”, que aguarda el llamado del Señor, para descansar en la tierra).

La catarata de motivos para abdicar son muchas y cada quien elige la suya. En su explicación pública, el rey sobrevuela sobre las más conocidas: corrupción, desempleo, el vigor de las nuevas generaciones, el restablecimiento de su salud y la preparación política de su hijo Felipe, actualmente Príncipe de Asturias.

El rey tomó la decisión de dimitir en enero de este año, el mismo mes que una encuesta señaló que, por las dolencias físicas, el 70 por ciento creía que debía renunciar en favor de Felipe. El caso es que renuncia tras las elecciones europeas que anunciaron la descomposición de los dos grandes partidos españoles (PP y PSOE), en favor de los más pequeños (radicales de izquierda, dicen los conservadores, favorables a la revolución, “bolivarianos” y “antisistema”). Se va cuando los socialistas buscan líder. Y un PSOE débil, disloca la monarquía española.

Renuncia cuando su hija Cristina y su yerno Iñaki Urdangarin pueden acabar en el banquillo de los acusados (y en prisión), por malversación de fondos públicos, entre otros cargos. El rey le da a su hijo las riendas del Estado español, para que garantice la continuidad de la monarquía, con aires reformistas, modernos. Con la abdicación, el rey tratará de que su generación y la que gobernó este país durante su reinado, pase a la historia, en favor de una generación que no hizo la transición democrática ni se mordió al lengua, con el pesado lastre del franquismo.

El denigrado “Juan Carlos el breve”, como le llamaron cuando fue nombrado rey, duró 39 años con la Corona. Sus errores le pasaron factura y antes de que su salud se deteriorara aun más, tiró la toalla. Ya es histórico su “lo siento, me equivoqué, no volverá a ocurrir”, tras irse de cacería al África con una amiga “entrañable”. Ahora la mayoría le agradece los favores y se entusiasma por el relevo, ante el hecho consumado.

Lo mal que lo hizo tal vez le reste, en el juicio histórico, algunos puntos. Para unos, se va por la puerta falsa; para otros, a tiempo. Paró el golpe militar en 1981. Tiene muchas de cal y otras de arena. Veremos quien tiene razón.

Los problemas de España que le hereda a su hijo son de gran calado. Y como en el caso de su padre, deberá hacer un gran ejercicio: ganarse el aprecio de la población. Sin este, Felipe VI y su esposa Letizia Ortiz, reina consorte, lo tendrán aun más difícil.

Es temprano para profundizar sobre el papel del rey en la restauración democrática, que se hará gradualmente. Ahora lo que importa es ver cuál será el papel del relevo y cómo encaja en una sociedad preocupada por el presente, más que por el futuro inmediato. No tienen tiempo de especular cuando la crisis moral, institucional y económica española, no permite ver más allá de las narices.

La viabilidad de la monarquía tendrá que ganarla Felipe VI, todos los días.

raulperezlp@gmail.com