50 Años de la Marcha del Silencio en México

 

Por Roberto Fuentes Vivar

Roberto Fuentes Vivar
12 de septiembre a las 17:24
Mañana se cumplen 50 años de la marcha del silencio. Quizá la más grande en la historia del país. Sobre ella mi crónica cinco décadas tardía:
Este jueves se cumplen 50 años del 13 de septiembre de 1968, cuando se realizó la “marcha del silencio”, la manifestación más simbólica de ese año, porque logró reunir no sólo a estudiantes, obreros y sindicalistas, sino a miles de mexicanos que demandaban un cambio en la sociedad.
Hace 50 años estuvieron en Paseo de la Reforma (hasta llegar al Zócalo) los estudiantes convocados por el Consejo Nacional de Huelga.
Estuvimos todos:
Los de las pancartas estridentes.
Los afectados por la osteoporosis social.
Los que cargaban el libro rojo bajo el brazo.
Las que exigían su derecho a usar minifalda.
Los de los pantalones acampanados.
Los de los pantalones de pata de elefante.
Los de los labios sellados con cinta adhesiva o con curitas.
Los de la Septién (Carlos Luis, Socorro, mi hermosísima hermana Victoria).
Los de las escuelas del Poli.
Los de todas las facultades de la UNAM.
Los de la Secundaria 66.
Los de la Prepa Cuatro y la Prepa Ocho.
Los de algunas universidades de Provincia
Las secretarias que salieron del trabajo y se unieron a la protesta.
Los que tarareaban una canción de moda en inglés (Janis Joplin, Jef Beck, Jehtro Tul, Los Beatles, Los Rolling).
Los adoradores del Che y de Fidel
Los lectores de Siddharta de Hermann Hesse.
Los que hacían la V de la Victoria.
Los que hacían la V de Amor y Paz.
Los padres de familia que cargaban la manta: “defendamos a nuestros hijos”.
Los familiares (¿Viste a mi hermano? “Creo que va adelante” ¿Y a mi hermana? “A ella no, pero vi a tu papá con otros maestros”)
Los que escuchaban canciones fresas (Yo tú y las Rosas, de los Tecolines, o a Roberto Jordán), pero que exigían terminar con el patriarcado familiar.
Los que estaban en el movimiento del amor y de las flores.
Los de la camisa sicodélica.
Los que comenzaban a entender los principios del budismo.
Los obreros de una fábrica que estaba en huelga.
Los ferrocarrileros, atacados meses antes.
Los oficinistas que se quejaban de las largas horas de trabajo y de los malos humores de sus jefes.
Los de traje que aplaudían a los estudiantes y les gritaban elogios.
Los hippies que olían a pacholi.
Las niñas de Polanco que emanaban aromas de Chanel.
Los trabajadores que despedían humores de sudor.
Los hare krishnas que quemaban a incienso.
Los seudointelectuales que olían a libro sudado.
Los que fumaban mota.
Los que nunca fumaban ni fumaron.
Los que encendían con cerillos Talismán sus Príncipes Negros.
Los que se atascaban de actedrones y palciclo (ciclopal).
Los que se quemaban las pestañas estudiando.
Los que le quemaban las patitas al diablo.
Los que no entendían para qué era la marcha, pero ahí estaban.
Los profundos que en cada palabra entendían una consigna.
Los superficiales que entendieron por primera vez un mensaje de rebelión para el cambio.
Los que miraron a la sociedad en el espejo y la encontraron deforme.
Los que se entendían como venas del sistema.
Los que querían derrumbar las estructuras políticas.
Los que querían derrumbar las estructuras sociales.
Los que portaban las pancartas: “no queremos Olimpiada/ queremos Revolución”
Los que habían tomado la primera cerveza de barril embotellada, pero cambiaban el slogan de “Es Corona de Barril, embotellada” a “Es Corona del Rosal, un desgraciado)
Los que recordaban los asesinatos de Estados Unidos en unos pocos meses (John F. Kennedy, Malcom X, Martin Luther King, Robert Kennedy).
Los anónimos que cargaban apuntes de Bakunin.
Los que traían el Capital como reliquia.
Los que apenas comenzaban a tener patillas.
Los que ya se tenían barba.
Los de los largos pelos melenudos.
Los rasurados (para estar bien presentado, hay que estar bien rasurado… con Gillete)
Los de huaraches.
Los de botas.
Los de tenis.
Las jóvenes con tacones.
Los de flores en el cabello y una banda en la frente.
Los de boina calada al estilo del Che, como cantaba después Joaquín Sabina.
Los copreros reprimidos meses antes.
Los que querían irse a la guerrilla con Lucio Cabañas.
Los miles que nunca han contado su historia.
La gordita que inundaba de ternura con abrazos.
La flaca que quería parecerse a Twiggy.
Los que escuchaban Hey Jude en Radio Capital.
Los que oían a Raphael en las estaciones que transmitían en español.
Los líderes del Consejo Nacional de Huelga que habían convocado a marchar en silencio, para demostrar las uniones sin palabras.
Los que partieron desde el Museo de Antropología.
Los que se incorporaron después.
Los que repartían volantes.
Los que organizaban.
Los que se dejaban organizar.
Los que se fueron antes de llegar al zócalo.
Los que admiraban a Manuel Benítez “El Cordobés”.
Los que eran fanáticos de las Chivas o del América.
Los médicos y las enfermeras con sus batas de silencio blanco.
Los que tarareaban “El Vagabundo” en sus dos versiones.
Los que respiraban aires de libertad.
Los que encontraron la esperanza en sus pasos acompañados.
Los que rumiaban un coraje indómito en contra de Gustavo Díaz Ordaz.
Los que habían ido a manifestaciones anteriores.
Los que nunca habían marchado ni volvieron a hacerlo en toda su vida.
Los que fueron reprimidos por sus padres (“Te he dicho que no te juntes con esos alborotadores” “Pareces pordiosero con esos trapos y esos pelos” “¿Qué crees que pareces con esa faldita?”.
Los que fueron apoyados por sus padres (“¿Cómo estuvo la marcha, hijo?”)
Las miles de almas que se unieron en solo silencio nunca solitario.
Los que hacían valla y se contagiaron de rebeldía.
Los que querían gritar pero se quedaron los ganas.
Los que hacían coros en silencios.
Los que juntaban sus soledades en un momento que parecía eterno.
Los de las risas.
Los de los llantos.
Los de los labios cerrados de coraje.
Los del puño izquierdo levantado.
Los que al día siguiente escribieron que fue una marcha estudiantil con unos cuantos cientos de participantes.
Los que sabíamos que éramos decenas de miles, si no es que centenas de miles.
Los que éramos adolescentes
Los que eran viejos y tenían en el rostro las arrugas de una historia de voces inconclusas.
Fue la marcha en la que la sociedad compuso un grito de esperanza con una orquesta de silencios.
Fue la marcha que avivó el miedo de un gobierno postrado en su atalaya de una revolución mentida a ciegas.
Fue la marcha que convirtió las flores del silencio en veneno para la represión del 2 de octubre.
Fue la marcha que inyecto en la sociedad el germen de los cambios que vendrían después.
Pasaron 50 años para escribir esta crónica del momento que conmovió al país desde su urdimbre.