CAPITANES DEL REY. ESPAÑA Y FRANCIA CONTRA INGLATERRA

 

 

CAPITANES DEL REY

Por Raúl Pérez López-Portillo

21 de noviembre de 2019

Les presento aquí un avance del libro CAPITANES DEL REY. España y Francia contra Inglaterra. Son los primeros párrafos del primer libro, de la trilogía. Novela histórica, que trata los acontecimientos del último tercio del siglo XVIII y principios del siglo XIX (en los tres libros).

 

Capítulo I

 

Verano de 1776

 

                        

…De pie, frente al mar, sobre unos salientes rocosos de la playa de Nules, Roberto Saviano recibía el intenso aroma del azahar que un suave viento, proveniente del interior, recogía de las plantaciones de naranjos. Estaba a punto de realizar una nueva travesía por el Mediterráneo. El azahar luchaba con la brisa salada que cabalgaba hacia la playa, sobre la cresta de las olas y algunas gotas del mar, salpicaban el rostro del capitán.

La tarde caía con la brisa, mientras el oleaje se estrellaba con las rocas salitrosas, escurriendo la espuma por los cortantes salientes, y en un recoveco del espigón, se mecía el paquebote que le llevaría, al día siguiente, al puerto de Valencia. El sol empezaba a dormirse sobre las montañas y el mar verdoso se tornaba más oscuro. La costa de Burriana y Moncofa se perdía a lo lejos y sobre la de Nules, subía la marea, con estrépito. Saviano miraba tres barcas de pescadores descansando en la playa y sobre su cabeza, una gaviota solitaria enfiló el vuelo hacia tierra dentro, por encima de los naranjales. Quedaba poca luz.

El capitán se volvió hacia la serranía del Espadán y, un poco a la derecha, divisó el poblado de Nules. Los últimos rayos dorados se reflejaron en la teja vidriada, las cúpulas de los templos más altos y el convento de las carmelitas descalzas. La sierra se oscureció y, por encima del horizonte irregular, el cielo se tiñó de rojo cuando la tierra comenzó a tragarse el disco solar enrojecido. Las sombras se apoderaron de las primeras señales del verano de 1776. Los naranjos desaparecieron y surgieron formas caprichosas. Un palmeral con sus espesos penachos se recortaron a un costado de los naranjales y también se esfumaron. Las primeras luces de Nules se encendieron. Saviano subió al caballo y regresó al poblado para despedirse de su madre, parte medular de su familia hidalga de Valencia, la mano dura que dirigía el trabajo de los peones entre los naranjos, vivía de sus rentas y de sus inversiones.

En Valencia, tres días más tarde, el joven capitán Saviano de 22 años recogió sus órdenes oficiales y abordó la corbeta Cazador, del asturiano Eulalio Floristán. Por segunda vez, iba a ser capitán de un barco de guerra. Le acompañaban varios oficiales, viejos conocidos de su etapa como comandante de la corbeta Lobo, destruida en una tormenta. Tenía que ir a Napoli y Roma, atracar en Marseille y dirigirse a París, antes de regresar a España. En Brest se encargaría de la corbeta Numancia, de 28 cañones, para llevarla a San Sebastián, donde desembarcaría, para dirigirse a Madrid. En San Sebastián tomaría el mando el alférez Ramón de la Iglesia y con el contramaestre Gastón Gaetano, navegarían hasta el astillero de Ferrol, para que los carpinteros y los ingenieros verificaran las reparaciones hechas por los franceses. Se revisaría el estado de los cañones y, si hacía falta, añadirían dos o cuatro más. Le darían carena y colocarían planchas de cobre como las que traían las fragatas inglesas, una novedad en la marina inglesa. Según los expertos –verificado por dos espías españoles- era un importante avance para navegar con mayor velocidad.

En el dique seco de Ferrol había mucho trabajo, mientras se fraguaba la guerra insurgente de las colonias británicas en América. Los rumores atracaban en las playas españolas insistiendo en “una paz incierta” y, a pesar del tibio verano, se veían negros nubarrones políticos en el horizonte. Por lo pronto, el principal objetivo y desvelo de los ferrolanos era el navío Santísima Trinidad, había que corregirle los defectos “de su nacimiento”.

Los aristócratas europeos, de las tierras altas o bajas, de las zonas frías o cálidas, de tierra firme y las islas cubiertas de nieblas, e incluso más allá, al este del continente, esperaban acontecimientos. Nadie sabía cómo se rompería la paz que, con alfileres, estaba cogida en el continente. El ruido de las bombas y el olor a pólvora provenía del oeste, de forma intensa, al otro lado del océano, se oían lamentos, corría la sangre y todo parecía derrumbarse. París era una fiesta, entonces.

La Numancia, del capitán Marcelino González, había tenido un serio percance contra dos velas corsarias inglesas. La corbeta quedó en malas condiciones tras un intercambio de fuego, atrapado entre los cañonazos de las naves enemigas, sorprendido por la mañana al levantarse un banco de nieblas, al norte del golfo de Vizcaya. En inferioridad de condiciones, la garantía del ataque era escasa y la defensa, peor. Las dos opciones eran aventuras dudosas y el éxito, improbable. En desventaja, descubierto y con viento contrario, el capitán González optó por la decisión menos comprometida; con urgencia, entre los residuos de una niebla incierta se dio a la fuga, favorecido por el viento, en un intempestivo cambio de rumbo, y de nuevo, protegido por la voluble bruma. Parecía una gaviota herida, con parte del velamen desgarrado, mientras los corsarios seguían disparando al azar.

La corbeta llegó al puerto de Brest con daños a babor. El velamen del trinquete estaba rasgado, el palo mayor tocado, y tan maltrecho como un niño enfermo; por la amura de estribor lucía un boquete. El palo mayor estaba a punto de romperse cuando divisaron el puerto francés. Los ingleses viraron con rumbo desconocido y, en una triste despedida, se quedaron sin botín. Dos hombres de la Numancia cayeron al mar y se perdieron para siempre. Bajaron a tierra seis heridos y ocho muertos, entre ellos el capitán González, todos enterrados en suelo francés. El primer oficial, teniente Rolando Escudero, había salvado la nave llevándola hasta Brest, donde reorganizó a la tripulación, para que restañaran sus heridas. El barco atracó junto a la flota francesa, para ser reparada y quince días más tarde se presentó un funcionario de la embajada española para resolver los asuntos relacionados con la suerte de la corbeta.

Roberto Saviano tenía que ver en París al agente Pablo Spinoza y llevarlo a Madrid. En Napoli, recogería cajas con cuadros para el Ministro del rey, guardados en alguna bodega, más o menos olvidados, desde que Carlo di Borboni Séptimo se fuera a España para ser rey como Carlos Tercero. La misión delicada. La política se sometía al arte. El único riesgo considerable era doña María Carolina, la reina de Napoli, que mandaba con disciplina y rigor, si ponía trabas al Consejero Real, el toscano Bernardo Tanucci o manipulaba a su Majestad, su esposo Fernando Cuarto, heredero de don Carlo Séptimo.

El capitán debía atender dos o tres asuntos más, relacionados con información e inteligencia y acompañaría al contramaestre Gastón Gaetano a ver a su familia italiana, no menos italiana que la suya propia. Saviano era hijo de la valenciana Esther, residente en Nules, y del romano Francesco Saviano, afincado en la Ciudad Eterna. Sus padres estaban separados. Su hermano mayor había muerto por una maldita enfermedad, cuando eran pequeños. Como hijo único había heredado dos culturas y formas de ver el mundo. Perdida la memoria del hermano muerto, se convirtió en el único nexo filial entre sus padres.

Tenía permiso para visitar a su padre en Roma, pero también trabajo. Cazador llevaría a España correo, informes oficiales, tres pasajeros y otro cajón con más cuadros de un depósito romano. Floristán lo dejaría antes en Marseille y en carruaje, haría el viaje a París con los oficiales Gaetano, el alférez Ramón de la Iglesia y el guardiamarina Benito Gómez. Los mandos le habían advertido del alto riesgo de su misión, por el valor estimado de las pinturas y la biografía de doña María Carolina, tan hermosa como hábil y altiva. Saviano se había sacado el premio, por su afición a la pintura renacentista, inculcada por su padre italiano. Era pura afición, solamente. Los expertos eran otros.

–La misión tiene poco de rutinaria, capitán –le dijo un teniente coronel en Valencia-, es peor que navegar en el mar del norte, se lo aseguro. En Madrid quieren ver los cuadros en perfecto estado. Tráiganos también al cura Jesús Lobo Herrero…

Jesús Lobo estaba atrapado en la tela de araña orquestada por el Santo Oficio quien, por la gracia de Dios y del rey católico de España, Carlos Tercero y por supuesto, del Ministro de turno y de sus superiores eclesiásticos, le ordenaron espiar a los jesuitas. Vete a ver a qué se dedican en Roma los jesuitas, le pidieron, solo porque sabía italiano, había vivido cinco años ahí y era un poco mañoso, aficionado a las cartas. Cazador dejaría a los oficiales en Marseille; el correo, los mensajes, las valiosas cajas y Lobo Herrero, seguirían viaje hacia Barcelona y Valencia. De aquí, a Madrid, el precioso cargamento italiano iría escoltado por una guardia real.